Sóplame
por abajo de la dermis abre un ojo y grita todo el silencio necesario que sea
para que la vela se llene y arrastre consigo el mástil que tiene pegado a su
parpado del sueño que tiene pegada una nave en donde viajo y veo el cielo nublado
de esperanzas y vida por vivir. No hay lluvia aun ni lenguas de fuego que son
como llagas frías con pus que no dice nada revolcándose en su infección
ardiente. Me nombro en diciembre para no nombrarme en enero, porque diciembre
es más corto, y así ahorro tiempo, espacio y estulticia que es como un mejillón
pegado a las rodillas e impide moverme, además de que no fácilmente se lo lleva
la corriente.
Ábrete
calamar al mar, multiplica tu silencio guardado en cada ventosa de tu cuerpo,
adhiérete al fondo de todas las cosas que guardas en la alcancía de monedas
rancias y vacías, adhiérete con tus tentáculos a todo aquello que sea pocilga y
huela a herrumbre, a polvo desquiciado, a olvido pastoso, a descarapelado. Se
tu el tornillo necesario que mantenga a los cuerdos cuerdos y a los locos al
margen de los arrodillados, ahí donde el tiro de gracia es un gran
espantapájaros de alegría, ahí donde se asusta a los sin razón. Me repliego
subcutáneo en mi submarino imaginario voy lento como langosta que no se nota.
Voy hilvanando la sangre en un lugar parecido al mío. No he podido extraerme
los cangrejos que llevo en el vientre, se han multiplicado como piojos, chupan
sangre, lodo viscoso negro-azuloso. Ya logré que me extirparan la hipotenusa,
pero no logro que me quiten esta sarta de gusanos que pululan como moscas
verdes alrededor de un pedazo de carne pútrida y sebosa. Me amputan los pies,
me amputan el tórax y he sobrevivido a la catástrofe del 85, del 2002, a dos
tsunamis, a tus besos, a tu piel, he permanecido vivo respirando por mis brazos
y simulando el corazón con mis manos que no dejan de aplaudir a sesenta y cinco
veces por minuto, y como duele el minuto que está por venir.
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